Bitácora 7/INDIA/ Punjab La utopía moderna:Chandigarh | Cristián Pérez Villarroel.

Las clases de Fernando Pérez en El Comendador de mediados de los 80 me marcaron profundamente Esas tardes hojeando libros en la antigua biblioteca de madera en tiempos que Internet no existía y aun quedaba una cancha de tierra en El Comendador, me mutaron del escolar inquieto que era, a un estudiante de arquitectura.

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En las tardes, en la penumbra de la biblioteca de madera,  siempre terminaba pidiendo a Margarita, la bibliotecaria,  el mismo libro: las obras completas de Le Corbusier,  especialmente las divididas en varios tomos, en papel cuché, y de ellas el volumen  final, donde se desplegaba la monumental obra de Chandigarh.

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Le Corbusier, Chandigarh, 1951

Todas las fotografías eran en blanco y negro,  y mostraban la imagen de una ciudad recién hecha, inacabada, con tipos con turbantes y vacas sagradas deambulando  entre las estructuras de hormigón desnudo. La imagen del pórtico de la Asamblea con la inmensa teja invertida y el tragaluz de planta circular y cono truncado, fue tal vez la imagen que más me acompañó mientras estudiaba arquitectura  en la Universidad Católica. Por lo tanto, mi primer impulso al pisar suelo indio fue viajar a esa ciudad que secretamente había visitado tantas veces en la soledad de Pedro de Valdivia Norte.
Llegar a Chandigarh en tren desconcierta. Nada en la estación señala que en ese lugar se construyó una de las grandes utopías del siglo XX. Sólo al acceder al salón de venta de pasajes, nos encontramos con un edificio revestido en algo parecido al Alucobond (revestimiento de aluminio compuesto), cuya cubierta en un extremo se curva hacia el cielo. Nada más.

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Al contrario que en el caso de Brasil, la obra del movimiento moderno no influenció a los arquitectos y la arquitectura popular de la India (Siempre recuerdo un barrio perdido de Río de Janeiro, a los pies del Morro dos Irmaos, donde encontré un restaurante y unos baños que los podría haber diseñado el mismo Le Corbusier pero era de arquitectos anónimos y magistrales), en Chandigarh, en cambio, el trayecto entre la estación y el hotel estaba salpicado con versiones modestas del Taj Majal, o templetes de deidades desconocidas; sin embargo el trazado es impecable. Las súper manzanas, las vías anchas y cartesianas, lo arbolado de las calles, el parque penetrando el interior de algunas manzanas, y la línea recta triunfando sobre lo natural  y la ciudad del Islam.

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La ciudad funciona y bien. Las galerías comerciales son de doble altura, hormigón visto y ladrillo, con pilares de sección rectangular. Las cuadras, supercuadras en verdad, son inmensas, y  se llaman sectores. El lago artificial que ideó Corbusier es el gran paseo de la ciudad.

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Después de recorrer la ciudad el primer día, me quedaba la visita a los edificios del Capitolio. La visita estaba enmarcada en una visita  oficial de los gobiernos de Punjab y Haryana, que comparten este edificio. Sin embargo no es posible sacar fotografías en el complejo,  y se respira una  permanente tensión dentro de la zona en la cual se emplazan los volúmenes del conjunto.

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Al Palacio de la Asamblea se ingresa  por la parte de atrás, y mediante  una rampa se accede a una sala hipóstila de 15 m de altura y luz cenital. Es magistral; solo que los indios la han adaptado un poco,  y una de sus partes está cercada por un biombo gigante de madera en filigrana, parecido a los que son habituales en los   restaurantes chinos. La sala de la Asamblea, luce muy descuidada pero conserva esa “cosa de catedral y sentimiento religioso  calvinista de las obras del movimiento moderno.” Esa “cosa medio cagativa” como le escuché una vez decir a Teodoro Fernández. El tragaluz está tapado de mala forma por una especie de acrílico gigante Aún en ese estado, la obra me pareció magnífica.

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Luego fuimos al secretariado. Ese edificio que es una barra de doce pisos de altura y casi trescientos metros de largo. Subimos por la rampa que se desprende del volumen central hasta el techo jardín. La rampa se usa bastante. Y los pisos tienen el descuido de los edificios públicos. El último nivel  de la rampa es una bodega para guardar escritorios en desuso. (Esta es la tercera obra de LC que visito,  y todas tienen algo a punto de sucumbir: la Villa Savoie, cerca de  París, es un muy descuidado museo, y el centro de artes visuales en Harvard, en Cambridge, tiene dos de sus salas como bodegas)

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Desde el techo-jardín, donde sobreviven  algunos arbustos a punto de secarse,  se ven las intervenciones en la cubierta de la asamblea, todas muy desafortunadas. A lo lejos, los tribunales de justicia y la mano abierta. Todo este paisaje grandioso, entreverado en la niebla permanente de India. Partimos de allí y le rogamos al encargado de gobierno que nos llevara hasta el frontis de la Asamblea y la mano abierta. – Si -nos dijo. Pero era mentira.

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Nos llevó a la mano abierta, una escultura interesante con un patio hundido tan bello como inservible, donde al contrario del los croquis del maestro, no circulan las vacas. A continuación y a unos quinientos metros, se puede acceder al edificio de los tribunales, donde es  imposible entrar por asuntos de seguridad, pero este edificio está muy bien conservado. Luego el tipo del gobierno, siempre encorbatado, nos sacó de allí con premura. En el fondo no quería mostrarnos más.

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Aproveché la hora de almuerzo para escaparme del  celador, y subrepticiamente huir  en un auto-ricksaw y volver atrás .Volver y perderme en las imágenes de mi juventud. Con algo de vigor y valentía, pude entrar y caminar entre los pilares de ese edificio símbolo de mis días de estudiante que es un descampado, que no se usa. Me pareció  deslumbrante,  soberbio, magistral. Inmenso. Una obra que roza la verdad. La explanada que enfrenta el pórtico debe tener unos quinientos metros o más Y la distancia a los tribunales que se divisan a lo lejos, debe  ser dos kilómetros y medio .No es posible caminarlos porque hay calles, alambrados y militares que lo impiden.

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A un costado, está una pequeña obra maestra de Le Corbusier que se llama la Torre de las Sombras. Es una cáscara de brise soleils que mira el frontis del palacio de la Asamblea. Pilar Pinchart me comentó: es un reloj solar. Ese día el espejo de agua estaba seco. Había incluso unos animales muertos hacía mucho. Los indios esperan el Monzón para llenarla, presumo. Los hormigones lucen invadidos por el moho, el descuido y la humedad de la India. Es casi  una ruina. Los indios parecen ignorar lo que tienen en sus manos. Es para ellos otro edificio más, que parece incomodarles. Como un traje que te regalaron y te ha quedado grande y anticuado.

En unos años más, tal vez iremos a ver Chandigarh del modo que acudimos a ver el Partenón; por ahora, pude ver la obra de mis sueños, en colores.

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 *Todas las fotos a excepción de la de Le Corbusier en 1951, (c) Cristían Pérez Villarroel, autor del relato, Arquitecto por la Pontificia Universidad Católica de Chile, Profesor de Proyectos en una Universidad privada chilena y especializado en Managment in Sustanaible Cities  por  el Human Settlement Management Institute de Nueva Delhi, y socio de la firma Pérez & Pérez Arquitectos Asociados.

 

 

 

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